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viernes, 1 de mayo de 2015
miércoles, 8 de enero de 2014
domingo, 3 de marzo de 2013
domingo, 24 de febrero de 2013
Plaza de San Pedro en el último rezo del Ángelus de su pontificado
Sin embargo, el Santo padre subrayó que esto “no significa abandonar a la Iglesia, es más, si Dios me pide esto es precisamente para que yo pueda seguir sirviéndola con la misma entrega y el mismo amor con que lo he hecho hasta ahora, pero de modo más apto a mi edad y a mis fuerzas”.
Al reflexionar sobre el pasaje evangélico de la Transfiguración del Señor, en el que el Señor “se transfiguró mientras oraba”, el Santo Padre expresó que “esta Palabra de Dios la siento de modo particular dirigida a mí, en este momento de mi vida”.
“El evangelista Lucas resalta de modo particular el hecho de que Jesús se transfiguró mientras oraba: la suya es una experiencia profunda de relación con el Padre durante una especie de retiro espiritual que Jesús vive en un monte alto en compañía de Pedro, Santiago y Juan, los tres discípulos siempre presentes en los momentos de la manifestación divina del Maestro”.
El Papa indicó que “el Señor, que poco antes había preanunciado su muerte y resurrección, ofrece a los discípulos un anticipo de su gloria. Y también en la Transfiguración, como en el bautismo, resuena la voz del Padre celestial: ‘Éste es mi Hijo, mi Elegido; escúchenlo’”.
El Santo Padre señaló además que “la presencia de Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas de la antigua Alianza, es sumamente significativa: toda la historia de la Alianza está orientada hacia Él, hacia Cristo, quien realiza un nuevo ‘éxodo’, no hacia la tierra prometida como en tiempos de Moisés, sino hacia el Cielo”.
“La intervención de Pedro: ‘¡Maestro, qué bello es estar aquí!’ representa el intento imposible de demorar tal experiencia mística”.
El Papa citó a San Agustín para explicar que Pedro, “en el monte tenía a Cristo como alimento del alma. ¿Por qué habría tenido que descender para regresar a las fatigas y a los dolores, mientras allá arriba estaba lleno de sentimientos de santo amor hacia Dios que le inspiraban, por tanto, una santa conducta?”.
Benedicto XVI destacó que de este pasaje del Evangelio podemos aprender “la primacía de la oración, sin la cual todo el empeño del apostolado y de la caridad se reduce a activismo”.
“En la Cuaresma aprendemos a dar el justo tiempo a la oración, personal y comunitaria, que da trascendencia a nuestra vida espiritual”.
El Papa remarcó que “la oración no es aislarse del mundo y de sus contradicciones, como en el Tabor habría querido hacer Pedro, sino que la oración reconduce al camino, a la acción”.
El Santo Padre también recordó que, tal como escribió en el Mensaje para esta Cuaresma, “la existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios”.
Al concluir, el Papa invocó “la intercesión de la Virgen María, que ella nos ayude a todos a seguir siempre al Señor Jesús, en la oración y en la caridad activa”.
lunes, 4 de febrero de 2013
Santa Agueda, Virgen y Mártir.- 5 de Febrero

Padeció el martirio en Catania (Sicilia), probablemente en la persecución de Decio [249-251]. Desde la antigüedad su culto se extendió por toda la Iglesia y su nombre fue introducido en el Canon romano.
Ver sermón de san Metodios: Su bondad provenía del mismo Dios, fuente de todo bien
Santa Águeda poseía todo lo que una joven suele desear: Una familia distinguida y belleza extraordinaria. Pero atesoraba mucho mas que todo su fe en Jesucristo. Así lo demostró cuando el Senador Quintianus se aprovechó de la persecución del emperador Decio (250-253) contra los cristianos para intentar poseerla. Las propuestas del senador fueron resueltamente rechazadas por la joven virgen, que ya se había comprometido con otro esposo: Jesucristo.
Quintianus no se dio por vencido y la entregó en manos de Afrodisia, una mujer malvada, con la idea de que esta la sedujera con las tentaciones del mundo. Pero sus malas artes se vieron fustigadas por la virtud y la fidelidad a Cristo que demostró Santa Águeda.
Quintianus entonces, poseído por la ira, torturó a la joven virgen cruelmente, hasta llegar a ordenar que se le corten los senos. Es famosa respuesta de Santa Águeda: "Cruel tirano, ¿no te da vergüenza torturar en una mujer el mismo seno con el que de niño te alimentaste?". La santa fue consolada con una visión de San Pedro quién, milagrosamente, la sanó. Pero las torturas continuaron y al fin fue meritoria de la palma del martirio, siendo echada sobre carbones encendidos en Catania, Sicilia (Italia).
Según la tradición, en una erupción del volcán Etna, ocurrida un año después del martirio de Santa Águeda (c.250), la lava se detuvo milagrosamente al pedir los pobladores del área la intercesión de la santa mártir. Por eso la ciudad de Catania la tiene como patrona y las regiones aledañas al Etna la invocan como patrona y protectora contra fuego, rayos y volcanes. Además de estos elementos, la iconografía de Santa Águeda suele presentar la palma (victoria del martirio), y algún símbolo o gesto que recuerde las torturas que padeció (ver imagen, arriba).
Tanto Catania como Palermo reclaman el honor de ser la cuna de Santa Águeda. En algunos lugares, el "pan de Santa Águeda" y agua son bendecidos durante la misa de su fiesta.
La Iglesia de Santa Águeda en Roma tiene una impresionante pintura de su martirio sobre el altar mayor.
Fuentes antiguas
Su oficio en el Breviario Romano se toma, en parte de las Actas de latinas de su martirio. (Acta SS., I, Feb., 595 sqq.). De la carta del Papa Gelasius (492-496) a un tal Obispo Victor (Thiel. Epist. Roman. Pont., 495) conocemos de una Basílica de Santa Águeda. Gregorio I (590-604) menciona que está en Roma (Epp., IV, 19; P.L., LXXVII, 688) y parece que fue este Papa quien incluyó su nombre en el Canon de la Misa.
Solo conocemos con certeza histórica el hecho y la fecha de su martirio y la veneración pública con que se le honraba in la Iglesia primitiva. Aparece en el Martyrologium Hieronymianum (ed. De Rossi y Duchesne, en el Acta SS., Nov. II, 17) y en el Martyrologium Carthaginiense que data del quinto o sexto siglo (Ruinart, Acta Sincera, Ratisbon, 1859, 634). En el siglo VI, Venantius Fortunatus la menciona en su poema sobre la virginidad como una de las celebradas vírgenes y mártires cristianas (Carm., VIII, 4, De Virginitate: Illic Euphemia pariter quoque plaudit Agathe Et Justina simul consociante Thecla. etc.).
La grandeza de la castidad
Hemos hablado brevemente en anteriores Post sobre el sexo y la lujuria. Hablemos ahora en positivo sobre la castidad. El tema es muy amplio y no siempre bien comprendido por todos. Por eso debemos antes preguntarnos: ¿Qué entendemos por castidad?
Castidad es la virtud que gobierna y modera el deseo del placer sexual según los principios de la fe y la razón. Por la castidad la persona adquiere dominio de su sexualidad y es capaz de integrarla en una sana personalidad, en la que el amor de Dios reina sobre todo.Por lo tanto no es una negación de la sexualidad.
La castidad es una virtud, que va más allá de la mera abstinencia o control voluntario de nuestros instintos sexuales. La castidad es un furo del Espíritu Santo. Nos dice el catecismo de la Iglesia Católica:
1832 Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: ‘caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad’ (Ga 5,22-23, vg.).
Cuando el Espíritu Santo da su frutos en el alma, vence las tendencias de la carne.
Cuando el Espíritu opera libremente en el alma, vence la debilidad de la carne y da fruto.
"Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil" Mateo 26:41
Estas son las obras de la carne que enumera San Pablo: Fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, superstición, enemistades, peleas, rivalidades, violencias, ambiciones, discordias, sectarismo, disensiones, envidias, ebriedades, orgías y todos los excesos de esta naturaleza. (Gálatas 5, 19)
Y esas obras no son fácil de vencer si nos apoyamos solamente en nuestra voluntad. Somos frágiles pecadores y el “fruto prohibido” se nos ofrece como muy apetecible. Incluso se fomenta con vehemencia la atracción y la bondad de lo humanamente incorrecto. Un tanto por ciento muy elevado de personas no lo entiende. Y se elaboran programas y planes pedagógicos para enseñar todo lo contrario con argumentos “aparentemente” convincentes cuando se mira de tejas abajo. Po eso decimos que sólo desde la fe se puede entender bien la castidad, que no es una negación, sino una donación, una actitud propia de la dignidad humana.
Las virtudes se ejercitan con la constancia
y la ayuda de la Gracia de Dios
Al principio nos cuesta mucho ejercer las virtudes. Pero si perseveramos dóciles al Espíritu Santo, Su acción en nosotros hará cada vez mas fácil ejercerlas, hasta que se llegan a ejercer con gusto. Las virtudes serán entonces inspiradas por el Espíritu Santo y se llaman frutos del Espíritu Santo.
Cuando el alma, con fervor y dócil a la acción del Espíritu Santo, se ejercita en la práctica de las virtudes, va adquiriendo facilidad en ello. Ya no se sienten las repugnancias que se sentían al principio. Ya no es preciso combatir ni hacerse violencia. Se hace con gusto lo que antes se hacía con sacrificio.
Les sucede a las virtudes lo mismo que a los árboles: los frutos de éstos, cuando están maduros, ya no son agrios, sino dulces y de agradable sabor. Lo mismo los actos de las virtudes, cuando han llegado a su madurez, se hacen con agrado y se les encuentra un gusto delicioso. Entonces estos actos de virtud inspirados por el Espíritu Santo se llaman frutos del Espíritu Santo, y ciertas virtudes los producen con tal perfección y tal suavidad que se los llama bienaventuranzas, porque hacen que Dios posea al alma planamente.
Cuanto más se apodera Dios de un alma más la santifica; y cuanto más santa sea, más feliz es. Seremos mas felices a medida que nuestra naturaleza va siendo curada de su corrupción. Entonces se poseen las virtudes como naturalmente.
Modestia, Templanza y Castidad
La modestia regula los movimientos del cuerpo, los gestos y las palabras. Como fruto del Espíritu Santo, todo esto lo hace sin trabajo y como naturalmente, y además dispone todos los movimientos interiores del alma, como en la presencia de Dios. Nuestro espíritu, ligero e inquieto, está siempre revoloteando par todos lados, apegándose a toda clase de objetos y charlando sin cesar. La modestia lo detiene, lo modera y deja al alma en una profunda paz, que la dispone para ser la mansión y el reino de Dios: el don de presencia de Dios. Sigue rápidamente al fruto de modestia, y ésta es, respecto a aquélla, lo que era el rocío respecto al maná. La presencia de Dios es una gran luz que hace al alma verse delante de Dios y darse cuenta de todos sus movimientos interiores y de todo lo que pasa en ella con más claridad que vemos los colores a la luz del mediodía.
La modestia nos es completamente necesaria, porque la inmodestia, que en sí parece poca cosa, no obstante es muy considerable en sus consecuencias y no es pequeña señal en un espíritu poco religioso.
Las virtudes de templanza y castidad atañen a los placeres del cuerpo, reprimiendo los ilícitos y moderando los permitidos.
-La templanza refrena la desordenada afición de comer y de beber, impidiendo los excesos que pudieran cometerse
-La castidad regula o cercena el uso de los placeres de la carne.
Mas los frutos de templanza y castidad desprenden de tal manera al alma del amor desordenado a su cuerpo, que ya casi no siente tentaciones, y si las siente intenta superarla con la ayuda de Dios. Al vivir estas virtudes la persona ve más allá de simples metas temporales. Como el lema de las Olimpiadas: más allá, más alto, superarse así mismo.
El Papa Benedicto XVI, dirigiéndose a los jóvenes les dice:
Que "aprender a amarse como pareja es un camino maravilloso, aunque necesita un aprendizaje laborioso".
Y añade que "el período del noviazgo, fundamental para construir el matrimonio, es un tiempo de espera y de preparación, que hay que vivir en la castidad de los gestos y de las palabras".
Según el Papa, la castidad permite "madurar en el amor" y "ayuda a ejercitar el autodominio, a desarrollar el respeto del otro", que son "características del verdadero amor que no busca en primer lugar la propia satisfacción ni el propio bienestar".
Ignorar los prejuicios
Asimismo, Benedicto XVI indica a los jóvenes que a la hora de formar su matrimonio no hagan caso del "prejuicio difundido" sobre que el cristianismo "con sus mandamientos y sus prohibiciones, pone obstáculos a la alegría del amor e impida en particular disfrutar plenamente aquella felicidad que el hombre y la mujer buscan en su recíproco amor".
Invita a los jóvenes a "renunciar con alegría" a algunas diversiones y a aceptar "de buena gana los sacrificios"
Pero en el mensaje también se explica, que si "el matrimonio cristiano es una verdadera y auténtica vocación en la Iglesia", igualmente, hay que estar preparado a decir "sí", "si Dios os llama a seguirlo en el camino del sacerdocio ministerial o de la vida consagrada".
Como podemos observar, la castidad solo se entiende bien desde el amor auténtico iluminado por la luz de la fe. No es pura decencia, es la resolución de vivir con dignidad, como seres humanos que somos, y respetando al otro ser humano, que tiene la misma dignidad que yo. El camino no es fácil, pero “se hace camino al andar”.
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